SirMarcus
Y todo empezó ...
Mi nombre es Don Marco de la Sombra Rota, y si la fortuna fuera un manto, el mío estaría raído y lleno de agujeros como un queso olvidado. Mi armadura, antaño espejo del sol, hoy es un entretejido de óxido y remiendos; mi espada, "Cortatinieblas", tiene más muescas que dientes un anciano; y mi rocín, "Esperanza", es tan flaco que más parece una percha con crines. Pero ni la pobreza ni el hambre que a menudo me roe las entrañas han podido mellar la única joya que poseo: el amor por mi Lady Leonor.
Ella, mi luz, mi estrella polar, fue raptada. Un mago infame, de nombre impronunciable que suena a trueno lejano –Morgoth, o algo así, lo llaman los aldeanos temblorosos–, la arrancó de mis brazos y la encerró en la aguja más alta de su Castillo de los Ecos Perdidos. Un castillo que, según dicen, no pertenece a este mundo ni a este tiempo.
Con el corazón hecho un nudo de furia y desesperación, y nada más que mi fe maltrecha por escudo, me encaminé hacia esa mole de piedra negra que se alzaba como una pesadilla contra el cielo. El aire a su alrededor era frío, antinatural, y olía a azufre y a algo metálico que no sabría describir.
Apenas crucé el puente levadizo, que se bajó solo con un chirrido que helaba la sangre, el primer horror me salió al paso. ¡Un lagarto! Pero no uno de esos pequeños y huidizos. Este era una montaña de carne escamosa, con fauces como para tragarse a Esperanza y a mí de un solo bocado, y un rugido que hizo temblar los cimientos de mi ya escaso valor. "¡Brujería!", grité, blandiendo a Cortatinieblas. Luché como un poseso, esquivando sus coletazos que partían las piedras y sus dentelladas que buscaban mi fin. Era fuerte, increíblemente fuerte, una bestia salida del mismísimo infierno. No entendía cómo el mago podía comandar semejante engendro. Con un golpe de suerte, o quizá por la torpeza del bicho, logré hundir mi espada en un ojo y la criatura se desplomó con un estruendo que hizo eco por todo el patio.
Apenas recuperado el aliento, del cielo descendieron otras pesadillas. Aves gigantes, con alas coriáceas y picos largos y afilados como dagas. Graznaban de una forma estridente, antinatural. "¡Más demonios alados!", pensé, mientras esquivaba sus embestidas. Eran rápidos, letales, y tuve que usar mi abollado escudo más como paraguas contra sus excrementos ardientes que como defensa. No sé cómo, pero logré ahuyentarlos, aunque no sin antes llevarme un par de rasguños profundos.
El castillo por dentro era un laberinto de pasillos oscuros y cámaras extrañas. En una de ellas, me enfrenté a lo que parecían ser armaduras encantadas, pero de un metal brillante y desconocido, sin yelmo ni visera, que se movían con una rigidez espeluznante. De sus brazos metálicos salían llamaradas o rayos de una luz cegadora que quemaba al contacto. "¡Golems de fuego y relámpago!", exclamé, sintiendo el calor abrasador en mi rostro. Eran terriblemente resistentes, y Cortatinieblas apenas les hacía mella. Solo encontrando sus puntos débiles, donde los metales se unían, pude derribar a unos pocos, aunque otros me hicieron retroceder con sus extraños ataques. ¿Qué clase de hechicería era esta, capaz de animar el metal de formas tan extrañas y mortíferas?
Más adelante, en unos jardines interiores que parecían selvas de otro mundo, me topé con bestias que jamás había visto ni en los bestiarios más delirantes. Lobos del tamaño de terneros con ojos que brillaban con luz propia, serpientes con plumas que escupían un veneno que disolvía la piedra, y hasta una especie de araña gigantesca, también de metal, que tejía redes de un hilo luminoso y pegajoso. Todas ellas, fieles al mago, defendían cada palmo de terreno con una ferocidad inaudita. "Animales corrompidos por su magia negra", me decía, mientras luchaba por mi vida y por el recuerdo del rostro de Leonor.
Cada paso hacia la torre era una ordalía. Mi cuerpo estaba cubierto de heridas, mi armadura apenas se sostenía, y el hambre y la sed eran un tormento constante. Pero la imagen de Leonor, prisionera en lo alto, me daba fuerzas. Ella valía cada gota de sangre, cada hueso roto.
No entendía la naturaleza de estos "monstruos". Para mí, eran simplemente criaturas infernales, engendros de una magia poderosa y retorcida, convocados por el mago para proteger sus dominios. Nunca se me ocurrió pensar que esos lagartos gigantescos alguna vez caminaron sobre la tierra en eras olvidadas, o que esos golems metálicos eran ingenios de un futuro que mi mente ni siquiera podía concebir. Para mí, todo era obra del poder oscuro de Morgoth, un poder que había traído los horrores de todos los tiempos y los había puesto a su servicio.
Finalmente, exhausto, sangrando por una docena de heridas, llegué al pie de la última torre. La más alta, la más siniestra. Allí, en lo más alto, sabía que estaba ella. Y aunque cada fibra de mi ser gritaba que era imposible, que estaba solo y desvalido contra un poder inimaginable, apreté la empuñadura de Cortatinieblas.
"Por Leonor", susurré, y comencé la ascensión, sin saber qué nuevos horrores, qué nuevas bestias de pesadilla me aguardaban, pero con la certeza de que mi amor, aunque pobre y desgraciado, era lo único real en este castillo de imposibles. Y por ella, lucharía hasta el último aliento contra todas las aberraciones que el mago hubiera arrancado del confín del tiempo.
| Status | Released |
| Platforms | HTML5, Windows |
| Author | Angel Luis Ortiz Salinas |
| Genre | Platformer |
| Made with | Godot |

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